¡Puerca rutina!

Ayer por la mañana ya me estaba taladrando los oídos aquel maldito ruido del despertador.

Como de costumbre, lo apagas de malos modales y te levantas en dirección al cuarto de baño con los ojos pegados como lapas, molestándote cualquier mínimo rayo de luz que sean capaces de captar tus ojos.
Te lavas la cara, desayunas y te vistes para ir a tu 'maravilloso' trabajo donde te esperan tus 'maravillosos' compañeros.

A las ocho y cuarto me recojen dos compañeros debajo de mi portal para ir al trabajo. Durante el trayecto coche-trabajo nadie habla pero en el trabajo, hasta bien pasadas las doce de la mañana, no hay mucha disposición de hablar por parte de ningún trabajador, como ya he dicho antes.
Sobre las once y media o doce, cuando la gente ya tiene el estómago lleno con el desayuno, es cuando se animan a hablar pero que, sinceramente, por lo menos por la parte que a mí me toca, se podrían ahorrar el intento de hablar porque no sabéis lo que es aguantar hasta las cinco de la tarde a dos compañeras hablando de ropa, de tíos y de opiniones personales sobre eventos, cine, etc. que, sinceramente, te interesan las primeras veces que lo escuchas pero, cuando ya llevan así dos meses, lo que van a hablar te lo sabes de memoria, por no decir su hora de cotilleo o marujeo o como se quiera llamar a eso.
Lo único que yo saco en claro de esa maravillosa hora de charla es que tienen pura envidia de los demás.

Ya a las cinco de la tarde estoy un poco más feliz porque ya he salido del trabajo y voy con mis amigos a tomarme algo con ellos y ahí sí que se te hace el tiempo corto.
Cuando ya te quieres dar cuenta has cenado, te has duchado y nuevamente son las doce de la noche y sabes ya lo que te espera dentro de unas horas pero bueno, eso es lo que nos vas a tocar el resto de nuestras vidas y es cuando te preguntas...
¿por qué mierda no habré nacido en una familia rica?